El salón, a media luz, nos recibe con su piso de mármol
gris y sus paredes cubiertas de celosías de madera. Las sillas nos
llaman.
Unos comentan sobre la inversión térmica matutina que nos
cubría con su manto oleaginoso. Otros recuerdan el camión
que, todas las mañanas, tocaba una melodía de caja musical
para anunciar la venta de las gelatinas ( o "Jaletinas" como
diría la abuela) .Como olvidar la engañosa transparencia
de la gelatina de jerez donde agazapada se escondía una ciruela
dulcísima.
-¿Alguien quiere un café?-, unos aceptan con gusto nervioso.
Al salón contiguo, mas pequeño y alfombrado, ha llegado la
cafetera humean do su pretensión de trenecito de vapor, la acompañan
la crema en polvo, las cucharitas y la azucarera con ensayos cubistas de
algún pintor furtivo; ¿uno o dos cuadritos? (donde están
las servilletas?
Los otros permanecen en el salón. La tía, con la mirada abrillantada,
aprieta su mano derecha en la izquierda como si quisiera fusionarlas. Su
hermano mayor le platica sobre el quiosco de no sé que ciudad, mientras
una garra invisible le aprieta la garganta. Sí, sus ojos también
se abrillantan. En el otro extremo del salón el hermano menor se
ha puesto gris: gris cabello en las sienes, gris papiro en la piel. Grises
entra-ñas que perdieron algo.
Los unos regresan aliviados por la cafeína, los otros los reciben
con una inclinación adusta.
El salón ha sido coloreado con diversos adornos florales. El de
rosas multicolores nos ha forzado ha recordar aquel rosal negro, "el
luto de Juárez", que existió en el jardín durante
alguna primavera. No es que las rosas fuesen negras, sino que el intenso
rojo tornasoleaba los pétalos con un tenue nocturno. La dalia que
crecía a lado también era hermosa: la dalia hechicera que
obligaba a los transeúntes a detener sus pasos apurados para voltear
a verla.
Todos estamos presentes. La amiga gorda, sacudiéndose las migajas
de las pastas que trajo María de Jesús, nos anuncia que el
padre de sotana morada llegara en 5 minutos. Los unos aprestan de sus bolsos
los rosarios de abalorios, los otros solo esperan. -¿Tendrás
un encendedor?- alguien olvidó prender el cirio bendecido por el
párroco de la iglesia de San Juan. El padre llega y todos se levantan
como muestra de respeto. El cirio ya resplandece junto a sus otros amigos
cirios.
Yo también me levanto y voy al salón del café. Alguien
olvidó un cigarro en el cenicero de pedestal. El humo sube, gira,
se entrelaza. Alguien también olvidó a la abuela acostada
en su hermosa caja metálica en medio del salón. Alguien olvidó
traerle el trozo de pierna que dejó en una charola de acero inoxidable
del quirófano numero tres del hospital. Pobre pierna, nadie
la invitó a la reunión- pienso y lloro sin que nadie me vea.
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