La voz aguardientosa de Pablo Mascalagua que cantaba "por un
querer" alertó a la pareja. Nicho Ferral se incorporó
rápidamente del catre a pesar de las súplicas de Rosa,
que insistía en terminar el arrebato pasional. Nicho Ferral
al escuchar que el esposo de Rosa intentaba meter la llave en el
ojo de la cerradura se apresuró a vestir y despidiéndose
de su amante con un pellizcon de nalga salió de la habitación.
Uno de los niños que dormía en el cuarto contiguo
comenzó a hablar dormido, Nicho por un momento pensó
que Pablo Mascalagua lo había descubierto saliendo de la
recamara matrimonial.
Un sudor helado mojaba la cara de Nicho, y el canto de un gallo
que anunciaba el amanecer lo puso más nervioso. Con larga
zancada atravesó el patio y en su apurada carrera volteó
la olla del nixtamal, le piso la cola al gato, que maulló
lastimeramente, y tiró parte de la cerca de otate que daba
a la calle. Pablo Mascalagua sólo alcanzó a ver una
sombra que se deslizaba veloz y aunque pasó relativamente
cerca de donde estaba parado el alcohol consumido no le permitió
reconocerlo.
Al día siguiente Dominga Tassinari contó en la cola
para las tortillas que un perro grande con rasgos humanos había
atacado a doña Rosa "La Mapacha", esposa de Pablito
Mascalagua. Al parecer, el perro estuvo a punto de matarla pero
la oportuna llegada de su marido evitó que le hiciera más
daño, fuera de unos rasguños en la espalda y chupetones
por todo el cuerpo, como si hubiera querido succionarle la sangre;
el perro, además, había tirado la olla de nixtamal
y atacó al gato dejándolo casi muerto, cuando escuchó
que llegaba Pablo tiró la cerca para escapar. Luis Domínguez,
que además de puto era sordomudo, dijo con señas que
en la noche él había sentido mucho calor, como cuando
era el preferido del presidente municipal, pero que ahora que ya
se había regenerado eso no era más que una señal
de que algo malo andaba rondando el pueblo. Petra Salas comentó
que a ella le faltaban dos gallinas, y doña Carolina Chía
hizo el comentario de que recién al padre Filemón
le habían vuelto sus dolores de espalda y ya no se conformaba
con una sobada sino con dos y por las noches; doña Delia,
que acababa de formarse en la cola para las tortillas, dijo que
anoche un nagual había atacado a su marido cuando venía
de la cantina y que lo dejó lleno de moretones y rasguños
por todo el cuerpo y con el pantalón y los zapatos embarrados
de nixtamal. Odorico, el tortillero, le preguntó a doña
Delia que cómo sabía que era un nagual lo que había
atacado a su marido. Doña Delia le respondió que Nicho
su esposo se lo había topado de frente, que el perro caminaba
en dos patas y le salía fuego de los ojos.
En la misa vespertina el padre Filemón exhortó a sus
feligreses a estar unidos y rezar mucho, pues al parecer una bestia
había escapado del infierno y andaba haciendo de las suyas.
Al paso de los días el calor aumentó, a pesar de que
era temporada de lluvia, y una serie de cosas extrañas comenzaron
a suceder: la más fea de las solteronas Ferral se casó
con un ranchero rico; a los tres días Josefina Mendo, joven
católica llena de virtudes, se fugó con un gringo
mormón, y la esposa del güero Pancho tuvo un hijo a
los cuatro meses después de la noche de bodas, para orgullo
de su marido, que presumía de su gran virilidad.
A la semana de su primera aparición el nagual volvió
a atacar. Don Silvano Silva, encargado de la construcción
del hotel Flamingos y futuro administrador, encontró a su
esposa desnuda, acostada a plena luz del día bajo la cimbra,
entre bolsas de cemento vacías, varillas, ladrillos y la
herramienta del maistro albañil Nicho Ferral. Doña
Luisa respiraba aceleradamente y presentaba en el cuerpo rasguños
y moretones, como los que le habían hecho a doña Rosa
"La Mapacha", sólo que a la mujer de Silvano se
le habían quedado los ojos en blanco, como en trance. Al
volver en sí, doña Luisa contó que había
subido a los pisos en construcción a ofrecerles de desayunar
a los albañiles cuando vio que algo negro se le venía
encima, ella cerró los ojos y antes de perder el conocimiento
sintió que le desgarraban la ropa y la chupeteaban por todo
el cuerpo. El "Negro" Tapia, que junto con Nicho Ferral
eran los únicos que a esa hora habían llegado a la
construcción, dijo que él no vio nada, aunque escuchó
que algo jadeaba como perro en brama, quizá el nagual tenía
rabia. Nicho Ferral contó en el Triángulo de las Bramudas
que se había topado con el nagual de frente, que lo vio saltar
desde la azotea del hotel Flamingos y desvanecerse en el aire, fue
tal su susto que le entró una debilidad que no lo dejó
trabajar y hasta moretones le habían salido en el cuello.
Con el transcurrir de los días cada vez más maridos
denunciaban la presencia del nagual en sus casas y sólo cuando
las esposas del presidente municipal y del comandante de policía
amanecieron desnudas, llenas de chupetones y con los ojos en blanco,
el ayuntamiento comenzó a buscar al culpable, pero por más
que se organizaban guardias y rondines nocturnos el nagual no caía
y siempre se le veía por distintos rumbos del pueblo, aunque
a doña Rosa "La Mapacha" ya la había atacado
como seis veces, para envidia de la mayor de las solteronas Ferral
que aunque dejaba las ventanas abiertas y la puerta sin cerrar nunca
se le había metido nadie a su casa.
Contaba Chivirico que lo que más le preocupaba a la policía
era que el nagual atacara a distintas horas del día, siempre
en ausencia de los maridos y únicamente a las mujeres, y
a pesar de que ya se había consultado a doña Rufa
para que adivinara como atrapar o matar al nagual, la vieja curandera
no pudo hacer nada, pues era como si las propias mujeres lo protegieran.
Sin embargo, el nagual fue muerto el día en que al padre
Filemón le entró la loquera de bendecir casa por casa,
el mismo día en que Nicho Ferral mató a su perro doberman
de tres balazos. Esa noche Nicho llegó tarde a su casa y
encontró a su esposa desnuda, extasiada, con la espalda llena
de rasguños y chupetones en el cuello, antes de volverse
a dormir doña Delia respondió con voz débil
a la interrogante que se pintaba en el rostro de Nicho: me atacó
el nagual y un suspiro salió de su alma. A la mañana
siguiente el perro amaneció muerto de tres balazos. Serían
las bendiciones del padre Filemón o las balas de don Nicho,
lo cierto que el nagual nunca se volvió a aparecer, sin embargo
a doña Rosa "La Mapacha", según Pablito
Mascalagua, ahora la molestaban los chaneques...
Carlos Ortiz Segura
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