ASSOCIATION DES CULTURES FRANCO-MEXICAINES

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"LA MUERTE DEL MUDO"


Hay hechos que por trágicos nunca se olvidan y entre más se recuerdan más dolor causan. Así ha pasado con la muerte de Joselito Comparán, pescador mudo, verdugo de tiburones y amante del danzón, asesinado de doce puñaladas por un desconocido hace ya diez años, pero el pueblo recuerda el asesinato como si hubiera sido ayer.

Las muertes violentas parece que detienen el tiempo y la memoria, sobre todo cuando los que mueren son personas queridas por la comunidad. Después de la muerte de Joselito me fui del pueblo y hace dos días regresé para encontrarme que todo sigue igual. El mismo pinche calor que exalta las pasiones, la brisa marina que no refresca pero que oxida las articulaciones, la parvada de tordos que todas las tardes invade los árboles del parque y sin el menor pudor cagan a los enamorados que de tan pegados se mimetizan con las bancas. En el Perico Marinero tampoco nada ha cambiado, siguen sirviendo el mismo mal aguardiente que produce crudas espantosas, están las mismas putas, los borrachos de siempre y hasta la Yesenia, el cantinero travestí y karateca que se enfurece cuando le pellizcan las nalgas. Las paredes de la cantina lucen los mismos retratos de viejas encueradas, sólo que ellas si se han llenado de arrugas, será de tanto manosearlas con la mirada. Tan nada ha cambiado que la charla de los parroquianos sigue siendo la de siempre: que si a la esposa del comandante se la han pasado por las armas todos los policías, que si Choforo dejó de ser el preferido del presidente municipal, que a doña Rosa "La Mapacha" la embarazó un chaneque. Sin embargo, hoy me llamó la atención la platica de unos mozalbetes, casi unos niños. Comentaban en voz baja que al "Mudo" Comparán lo habían matado unos socios en el negocio del narcotráfico. ¡El "Mudo" narcotraficante! Habrase oído pendejada mayor. Joselito ni siquiera fumaba. Sí se tomaba sus buenos litros de aguardiente de vez en cuando, pero no se embrutecía. Cuando el alcohol lo alocaba, la muchachita que tenía por inquisidor lo regañaba y se lo llevaba a dormir. Eso de que al "Mudo" Comparán lo mataron por narco en una injuria y lo peor es que la gente lo cree así. Los hechos sucedieron de otra manera, me lo contó el mismo asesino después de un carrujo de mota, cuando pescábamos a la altura de Isla de Lobos. Ahora voy a hablar porque mis palabras ya no pueden hacerle daño a nadie, el "Mudo" y el asesino eran mis amigos y ambos están muertos. El asesino murió hace apenas unos días en el hospital civil, de cirrosis hepática. Dicen que la muerte de Joselito Comparán lo persiguió todos estos años y lo obligó a refugiarse en el alcohol, pero no terminó con su hígado y su vida el consumo excesivo sino la mala calidad del aguardiente del "Perico Marinero". Se que con hablar no reviviré a ninguno de los dos pero quiero que se respete su memoria y la gente se deje de habladurías.

Los ecos de la melodía interpretada por la Sonora Tecolutla llegaron hasta los oídos de Lorenzo "Garrobo" Hernández. El baile en el auditorio municipal se escuchaba animado y él ahí, en esa cama ajena, soportando el calor y a los mosquitos que como pequeños vampiros se lanzaban inmisericordes sobre su cuerpo desnudo. Por qué se había salido del baile, por qué aceptó la invitación de María para venir a revolcarse con ella en esa cama que no era la suya. Ahorita estuviera bailando "Teléfono a larga distancia" con Chilita Ferral, bien pegados los dos y no estar sudando a mares en este cuarto que olía a pescado ahumado, a sudor agrio, a covacha vieja. Ni siquiera le había gustado el acostón con la María Panzacola. Otras veces María con sus caricias le había hecho olvidar el cansancio de la pesca, la tristeza innata de su alma, el enojo por los bajos precios del pescado, pero esta vez no había sentido lo mismo y la culpa no era ella. Quizá se estaba cansando de la situación pues la cosa ya no era como antes. La gente murmuraba al verlo pasar y eso lo ponía nervioso, sentía que el vecindario sabía de sus relaciones amorosas con María y que tarde o temprano se lo dirían a Poncho Oliva. Esa sensación no lo abandonaba y no lo dejaba estar tranquilo. Esta noche había sentido una angustiosa punzada en el pecho y ni siquiera pudo terminar la faena. María no le creyó que estaba cansado y le había dicho enojada que era un maricón, pero cómo explicarle el temor a ser sorprendido por su marido, el miedo a morir encuerado. Como se reiría de él la gente si lo mataran desnudo, se imaginaba la noticia que en La Opinión escribiría "Capriccio" de la Cruz: "El Garrobo Hernández es muerto por marido ofendido, el cadáver queda con las nalgas mirando al cielo". María le había asegurado que Poncho Oliva, su marido, no regresaría de Veracruz sino hasta dentro de tres días, pero... ¿y si volvía antes?.

No, la angustia era intolerable. "Garrobo" Hernández buscó a tientas en la obscuridad su ropa y se vistió rápidamente. Necesitaba caminar, respirar aire fresco. Quiso abrir la ventana pero María con voz adormilada le dijo que no lo hiciera, capaz que lo veía Dominga Tassinari y entonces sí que todo el pueblo se iba a enterar de que le ponían los cuernos a Poncho.

Pinche vieja, como no era capaz de sentir remordimientos. Su marido trabajando duramente para que pudieran vivir bien y ella solamente buscando quien le apagara el fuego. Lorenzo se dirigió a la puerta, María ni siquiera intento detenerlo como otras veces. Mejor, ya estaba harto de sus arrumacos, de su olor a naftalina, de su cuerpo de sirena. El portazo le recordó que debía ser discreto, andarse con cuidado, moverse entre sombras, pues Poncho Oliva era una de las personas que lavaba su honor con sangre.

El aire húmedo de la madrugada le refresco los pulmones. Se sentía más tranquilo. Caminó al auditorio municipal pero el baile ya había terminado, en la pista sólo quedaban unos borrachos que se movían al ritmo de una música inexistente. El olor de las garnachas lo llevó al puesto de antojitos "Las Húngaras", pidió una orden de enchiladas de mole y una cerveza fría pero la sensación de que lo seguían lo hizo mirar hacia atrás, a lo lejos un hombre robusto le hacía señas con el brazo. No cabía duda, Poncho lo había visto salir de su casa y ahora venía a matarlo. Lorenzo no esperó a que le sirvieran su orden de enchiladas, se paró rápidamente de la banca y caminó en sentido contrario al hombre que lo llamaba. Pensó en bajar a la playa pero a esas horas estaba tan obscura y solitaria que si Poncho lo alcanzaba nadie podría auxiliarlo, dio vuelta en La Manjoya y se dirigió al bar 33, nadie le abrió la puerta a pesar de que todavía estaba en servicio. Lo mejor sería irse a su casa y esperar el día de mañana, quizá se había confundido y no lo buscaban a él. Caminó hacia el parque, en la comandancia de policía los gendarmes dormían de pie, abrazando sus fusiles. Podía despertarlos y decirles que lo andaban siguiendo para matarlo, pero cómo lo comprobaba, además le iban a preguntar el motivo y acabarían por darle la razón a Poncho Oliva. Lorenzo cruzó despacio el parque, miró para todos lados y no vio a nadie, sin embargo seguía sintiendo la misma angustia, ese mismo presentimiento que lo había perseguido toda la noche. Al llegar a la Cooperativa dobló a la derecha, dos cuadras más y estaría en su casa. Pasos apresurados lo hicieron voltear hacia atrás, otra vez ese hombre acercándose, llamándolo con la mano. Caminó rápidamente hacia su casa pero se dio cuenta que si se metía en ella sería darle ventaja a Poncho, cogió la faca que tenía guardada debajo de una maceta y se encaminó al embarcadero, sin embargo el hombre lo había visto y se acercaba presuroso. Corrió desesperado por toda la orilla del río y al llegar a la bocana se escondió detrás de un médano. Su corazón latía apresurado y un sudor frío le escurría de la frente. Si Poncho llegaba hasta acá no tendría escapatoria, las piernas ya no le obedecían y el cansancio lo tenía a punto del desmayo. ¡No podía ser!, ahí estaba ese hombre buscándolo, parado en las escolleras, mirando para todos lados. Nunca le había tenido miedo a nadie pero en el estado en que se encontraba no podría enfrentársele de frente, sería como un suicidio. No lo pensó dos veces, era su vida o la de él, apretando firmemente con su mano derecha la faca se lanzó contra el bulto, una y otra vez enterró el cuchillo en esas espaldas anchas que se le hacían familiares y que ahora estaban bañadas de sangre, la víctima emitía gruñidos quejumbrosos e intentaba ver a su asesino, pero ni siquiera cuando cayó de rodillas la faca dejó de entrar y salir de su espalda. Sólo cuando el cuerpo sin vida estuvo boca abajo las puñaladas cesaron, Lorenzo limpió el cuchillo en el pantalón del muerto y lo arrojó al río. Quién iba a buscarlo ahí, si no habían dragado la barra para hacer de Tecolutla un puerto de altura menos iban a dragar para buscar el arma homicida.

Los primeros rayos del sol sorprendieron a Lorenzo durmiendo sobre los cabos de cubierta del barco tiburonero San Javier. El trajín de los preparativos y el ruido de los motores hizo que despertara sobresaltado y se levantara como impulsado por un resorte.

- ¿Qué te pasa "Garrobo", vienes crudo? -le dijo entre risas "La Chencha", el capitán del barco-.

Hasta ese momento Lorenzo notó que estaba en el San Javier, a punto de salir a la pesca. Ahí estaba toda la tripulación, pero le pareció que faltaba Joselito.

- ¿Y el "Mudo" Comparán? -preguntó Lorenzo-.

- No se. Anoche lo mandé a buscarte...

Carlos Ortiz Segura
Tecolutla, Veracruz.



CARLOS ORTIZ SEGURA MIS CUENTOS


LE DIGO, COMPADRE
PUERTO MADERO
EL FIN DEL MUNDO

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