Hay días que siento que la muerte me ronda de cerca. No le
temo, pues todos nos tenemos que morir algún día,
y por más rezos y oraciones que se malgasten no hay forma
de evitarla, quizá se pueda destantear, si acaso se le retrasa,
pero de que viene, viene.
Lo que preocupa es que me entierren vivo, que me pegue uno de esos
ataques catalépticos en los que se pierde el movimiento y
la sensibilidad exterior, y me den por muerto, que el médico
firme mi acta de defunción sin cerciorarse de que sigo vivo.
Así le sucedió a doña Eduviges Brincacharcos.
Chabela Paredes cuenta que doña Eduviges acababa de llegar
al río a lavar su ropa cuando cayó como fulminada
por un rayo, las señoras que estaban cerca terminaron de
enjuagar su ropa y fueron a auxiliarla, pero doña Petra Sacrosanta
dijo que para qué se apuraban, doña Eduviges ya estaba
muerta. Más tarde el doctor, que ese día traía
una cruda espantosa, confirmó que, efectivamente, doña
Eduviges Brincacharcos se había muerto, de qué o por
qué, eso no lo sabía, pues él era ortopedista,
no adivino. Yayo y Pipo, los hijos de doña Eduviges, entre
llanto y gritos desgarradores, prepararon todo lo indispensable
para velar a su mamacita muerta y nunca se aseguraron de que en
verdad estuviera difunta. La noche antes del entierro, la luz se
había ido en el pueblo y la única iluminación
del cuarto donde velaban el cadáver era la de cuatro cirios
pascuales que un vecino se había robado de la iglesia. Afuera
de la casa, sentados en las sillas de plástico prestadas
por la cantina del sietecocas, los señores se refrescaban
con el aire marino y las cervezas frías mientras jugaban
cartas y contaban chistes colorados. Las señoras estaban
dentro del cuarto, abotagadas por el calor de mayo, rezando por
el eterno descanso de doña Eduviges. Doña Sabina,
la rezandera, iba en ...Arca de la Alianza reza por ella, cuando
doña Eduviges se bajó de la caja y preguntó
quién se había muerto, las solteronas Ferral fueron
las primeras en salir corriendo despavoridas, atrás de ellas,
todas las demás mujeres. En segundos, la habitación
quedó vacía. Doña Eduviges, al ver el pánico
reflejado en la cara de sus hijos, se asustó tanto que murió
de un paro cardiaco. Yayo y Pipo colocaron de nueva cuenta a su
mamá en el ataúd y fueron a avisarle a la concurrencia
que ahora sí la muerta ya estaba bien difunta, que podían
seguir con los rezos.
Tampoco quiero que me cremen porque nunca me han gustado las quemadas.
Además, el cura Filemón nos ha dicho que el alma siente
que está cerquita del infierno y escapa antes de que el cuerpo
quede reducido a cenizas, eso es malo porque entonces el alma ya
no encuentra descanso y se pone a penar.
El Cañasmiadas dice que su suegro anda penando. El viejo
avaro dejó dicho en su testamento que su cuerpo fuera cremado
y sus cenizas arrojadas por todo el pueblo. Lo que no dejó
don Chebo fue dinero para pagar el crematorio. Nadie de su familia
quiso gastar, sólo su hija, que por treinta pesos consiguió
el horno donde José María Cachupan hace el pan. Ahí
en ese horno lo cremaron, entre restos de cocoles, ojos de pancha
y chilindrinas. Lo que no les cobró Cachupan fue el combustible,
pues el viejo ardió con cascaras de coco y dos litros de
petróleo.
Ahora el ánima de don Chebo anda penando por todo el pueblo.
Que ocurrencia de regar la ceniza en las calles, como si no fuera
suficiente con la tierra que la surada mete a las casas.
El Gordo Gelo platica que se lo encontró un día muy
de madrugada, allá por el Triángulo de las Bramudas,
que andaba de calzones blancos amarrados de una sabana gris y que
aullaba como perro en brama, pero no le hizo caso porque iba enojado
de que la Rosa Obdulia no se hubiera acostado con él, de
en balde los dos cartones de cerveza que se habían tomado
juntos. El ánima de don Chebo lo siguió por toda la
calle, quejándose por andar penando, él se hizo el
sordo y continuó caminando, pero don Chebo gritó que
qué sería de su alma y de su olla llena de centenarios.
Dice el Gordo Gelo que dejó que el ánima de don Chebo
le diera alcance, le preguntó que donde tenía guardado
esos centenarios y don Chebo le respondió que allá
en su rancho, abajo del zapote domingo, junto al alambre de púas.
El Gordo Gelo a la noche siguiente se fue con su pala al lugar indicado
y se puso a excavar despacito para no alborotar a los perros, después
de media hora escuchó como tronó la olla desparramándose
los veintes.
Puros veintes de cobre, nada de centenarios. Si acaso, se juntaban
quince pesos entre tanto cobre que no servía más que
para comprar una cerveza y tres sopes en la cenaduría de
Chuy.
A la noche siguiente, don Chebo se le apareció al Gordo Gelo
cerca del barrio de las putas y le dijo que le mandara decir una
misa. Gelo le preguntó que cómo la quería.
-Cantada y con tres ministros, para que mi alma descanse y esté
en paz-, dice que le respondió el difunto. Gordo Gelo no
pudo soportar tanto cinismo y lo agarró a pedradas, toda
la calle lo fue apedreando hasta que el ánima desapareció
cerca del panteón.
Cabrón don Chebo, hasta en la muerte seguía siendo
avaro. Gordo Gelo tenía razón, quince pesos no alcanzan
más que para un rosario de beatas a las seis de la tarde,
y eso a regañadientes del señor cura, que en eso de
los rezos para difuntos, con toda y su buena fe cristiana, no da
uno gratis.
El problema es que si no me creman, el único lugar donde
me pueden enterrar es en el panteón de Tecolutla y ahí
no me gusta. En los meses de calor los cangrejos colorados, esos
que en la primavera se meten a los jardines a comerse las plantas,
invaden el cementerio para aparearse y comer, el ruido que hacen
con sus tenazas altera los nervios y sus ojillos de cura mujeriego
dan tanta lástima que uno no tiene corazón para correrlos.
En verano, durante la temporada de ciclones, el agua del mar llega
hasta el cementerio y cala los huesos. Es un agua fría, más
salada que de costumbre y provocadora de reumas. Arriba hace sol,
pero abajo de la tierra se ha de sentir como un acostón con
la beata doña Carolina, frío, frío, como de
catarro constipado. Otro problema es que al atardecer los tordos
se refugian en los enormes árboles de zapote que dan sombra
a las tumbas, y no sólo las cagan sino que el ruido que hacen
antes de dormir es tan insoportable como el producido por los Ragazzo
en una discusión familiar. Por si esto fuera poco, los teporochos
beben y duermen sobre las tumbas y sus ronquidos con aliento alcohólico
son tan fuertes que no se puede descansar en paz.
Que pinche vida que ya ni muerto se puede estar tranquilo. Por eso
no es lo mismo ver pasar la muerte de largo que platicar con ella.
Carlos Ortiz Segura
Tecolutla, Veracruz.
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