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  "MECHE LUNA Y EL CURA DESCARRIADO"  



Proviniendo de una familia de abolengo y siendo la mayor de todas sus hermanas, a Meche Luna le correspondió cuidar a doña Luz Niño Dios, la abuela paterna, temida por los chamacos del barrio por su destreza con el bastón y por lo irascible de su carácter. Por las mañanas, camino a la escuela, los niños no perdían oportunidad de pasar por su huerto y arrancar guayabas, oropíos, jobos y mandarinas, pero siempre doña Luz Niño Dios brotaba de la nada y se lanzaba a bastonazos contra ellos, y sólo la oportuna intervención de Meche Luna evitaba que alguien llegara descalabrado a la escuela.
Meche Luna era un mujer próxima a los cuarenta años, flaca, de nalgas escurridas, nariz afilada y pómulos salientes, sus pechos parecían palomas acurrucadas y sus huesos crujían al caminar. En realidad era fea pero, salvo una nube en el ojo, no tenía ninguna mancha en su honor. Nadie le conocía novio, a la hora del anochecer siempre estaba en su casa y cada domingo acudía puntualmente a la misa matutina, siempre acompañada de su abuela. El pueblo le guardaba un gran respeto a Meche porque su padre había sido un buen pescador y hombre muy apegado a la iglesia, las monjitas la querían mucho por su alma caritativa y los niños la seguían por dadivosa. En los días de Semana Santa siempre organizaba la representación de la pasión de Cristo y ella misma hacía el papel de la Virgen María. En su casa nunca faltaban las veladas católicas y las puertas estaban abiertas para todas las muchachas del pueblo, excepto para sus vecinas, las hijas de doña Lala, porque no tenían temor de Dios. Como vivían solas desde que a los padres de Meche se los llevó un viento huracanado, allá por los tiempos de Juan Comejen, la abuela tampoco permitía la entrada de hombres, salvo su nieto Miguel, que las visitaba regularmente, y el padre Filemón, que era casi un santo.
Meche nunca salía sola de su casa, ni siquiera al rosario, pues su abuela le había enseñado que una mujer sola en la calle no era bien vista, por eso cuando la madre Altagracia Nepomuceno la invitó al curso de primeros auxilios que en la sacristía iban a dar un par de monjas enfermeras, tuvo que consultarlo primero con su abuela. Doña Luz Niño Dios le dio su consentimiento con la condición de que se portara con todo el decoro que correspondía a una Luna. En ese curso Meche no sólo aprendió los primeros auxilios sino que conoció por primera vez las nalgas de un hombre, aunque estas fueran las del padre Filemón, que a falta de voluntarios, se prestó a que las aprendices practicaran la inyección en sus gluteos.
La visión de las nalgas del padre Filemón persiguió mucho tiempo a Meche, cada vez que pensaba en ellas se sonrojaba. Nunca le contó nada a la abuela, pero la vieja intuía que algo le pasaba a su nieta, pues las sabanas amanecían humedas y oliendo a parafina, por eso estrechó la vigilancia sobre la muchacha. Meche, sintiéndose culpable de sus pensamientos, se volvió una mujer introvertida y reflejaba en su rostro tanta tristeza y soledad que fue invitada al velorio de Leonardo Espinoza para que le diera un toque de seriedad, pues los juegos de mesa y los chistes colorados estaban haciendo de ese acto solemne una romería.
La abuela comenzó a preocuparse por la actitud de Meche y se lo comentó al padre Filemón, que le aconsejó que le soltara un poco las riendas a su nieta, pues quizá lo que le hacía falta era tener amigos, tal vez un pretendiente. Doña Luz Niño Dios aceptó a regañadientes y desde ese día comenzó a hacer veladas culturales en su casa; pero ni las canciones interpretadas por el "Caracol" Campos, Chila Ferral y Jorge Covarrubias, artistas locales, ni las historias de Manuel Mendez le pudieron arrancar una sonrisa a la nieta.
La seriedad de Meche era tal que las madres arengaban a sus hijas a seguir su ejemplo, pero había quienes aseguraban que detrás de su aparente seriedad se escondía una mujer voluptuosa. El "garrobo" Hernández contaba en el embarcadero que Meche un día lo había ido a inyectar y en todo el rato que estuvo nunca dejó de mirarle las nalgas. Hasta el "mudo" se rió de su ocurrencia, y su hermano el "Cañasmiadas" le respondió que cómo quería que lo inyectara sin verselas, de por sí no tenían luz y luego él con las nalgas bien prietas. Pero Beto Ferral también contó en el "Triángulo de las bramudas" que una tarde en que doña Luz Niño Dios había ido a su casa a invitarlos a la peregrinación guadalupana, le pidió a Meche que le pusiera una inyección porque tenía una tos de perro, Meche le dijo que se acostara boca abajo y se bajara los pantalones y apenas lo había hecho cuando sintió como le pasaba la mano por la ingle, sin que le preguntara nada, Meche se adelantó a responder que eso era para que se le relajara la nalga y la aguja entrara sin dificultad, pero él sin verle la cara sabía que estaba ruborizada, lo sentía en su respiración y en el temblor de la mano. Todos los parroquianos se quedaron un poco sorprendidos con la historia, pues a Beto Ferral podía gustarle el chisme pero no era mentiroso, por lo menos no al grado de poner en entredicho la seriedad de una mujer como Meche Luna.
Desde ese día los hombres le empezaron a hacer la ronda y no todos con buenas intenciones, pero a unos Meche ni siquiera se dignaba a hablarles y a otros se los corría la abuela arrojándoles agua fría desde la azotea de su casa, como se hace con los perros en brama. Quizá el "garrobo" Hernández y Beto Ferral estaban equivocados y Meche no era como pensaban, pero qué tal si lo que había hecho le provocaba remordimientos y por eso se portaba así. Claro, eso era, por eso acudía más seguido a la iglesia y tardaba horas confesándose con el padre Filemón, porque los remordimientos no la dejaban dormir.
Por los días de la feria de San Bartolomé Apóstol, doña Luz Niño Dios abrió una tienda de abarrotes a un costado de su casa y puso a Meche a atenderla. Todas las tardes, después de la misa vespertina, el padre Filemón llegaba a la tienda a echarse sus cervezas frías, dizque para el calor y para quitarse de la boca el sabor del vino de consagrar, y aprovechando que doña Luz le tenía confianza, se ponía a platicar con Meche. Esto era diario, pero nadie miraba con malicia esa relación, ni siquiera Manolo Alvarez, que era bien mal pensado y que más de una vez había sido demandado por difamación de honor. Qué de malo tenía que platicaran un sacerdote que era casi un santo y una muchacha decente, además doña Luz Niño Dios nunca los dejaba solos y aunque los dejara, el padre Filemón era un hombre integro y nunca intentaría seducir a una dama. Es cierto que un tiempo mantuvo relaciones con la viuda de Russi, pero eso fue porque el padre se comió un tamal con las uñas de esta señora y quedó embrujado, y de las otras veces que se le acusó de andar con las beatas del club de las orquídeas nunca se le comprobó nada.

El padre Filemón rondaba los cincuenta años pero se veía más viejo, doña Lala decía que por falta de mujer más no de ganas, la realidad era que el trabajo en el campo para pagarse sus estudios en el seminario lo habían envejecido prematuramente, dejándole las manos llenas de callos y un malestar en la espalda que se le recrudecía en temporada de lluvias y que doña Carolina Chía le curaba con sobadas de aguardiente alcanforado, pero inútilmente, pues los dolores no desaparecían.
Una tarde lluviosa de septiembre el padre Filemón ni siquiera pudo terminar la misa, ya que el dolor de espalda casi lo tiró del púlpito. Entre Meche Luna y Julia Méndez lo llevaron en vilo a la sacristía, donde lo acostaron sobre un viejo sofá de los tiempos de la madre Justita. Julia Méndez se retiró enseguida pretextando que había dejado a Betín al cuidado de la casa, Meche Luna quiso hacer lo mismo pero su abuela la obligó a atender al padre Filemón hasta que se le pasara el dolor. Compadeciéndose de él le dio una sobada de cuerpo entero que hicieron que por primera vez Meche llegara a su casa entrada la noche.
Nadie supo que técnicas de masaje empleó Meche, pero desde ese día el padre Filemón fue otro, pues caminaba más erguido y se le mejoró el carácter, volviéndose un hombre más alegre y dicharachero. Meche también cambió su forma de ser, se le veía más contenta y menos seria, y su piel morena irradiaba una fosforescencia que cuando caminaba por la playa confundía a los marineros.
Pasó la temporada de lluvias y llegó el estiaje pero el padre Filemón, siguió requiriendo de los servicios de Meche, aunque ya no le dolía nada, y es que sus manos suaves y delicadas lo hacían sentir tan bien que se presentaba a la misa vespertina todo sofocado y bramudo.
Meche adquirió tan buena fama como masajista que desde lugares lejanos la venían a ver para que curara todo tipo de malestares reumáticos y musculares, pero nadie la requería tanto como el padre Filemón, que al anochecer la citaba en la sacristía para platicar y de paso que le diera su restregada de aguardiente alcanforado.

Doña Carolina Chía dejó correr el rumor de que Meche y el padre eran más que amigos, pues ella los había visto revolcándose atrás del altar, pero nadie le creyó porque se sabía que la beata estaba enojada con Meche ya que la había suplantado en eso de las sobadas.
Doña Luz Niño Dios estaba agradecida con el padre Filemón porque gracias a sus consejos, Meche había dejado su introversión, estaba más radiante y con tan buen apetito que el vientre le comenzaba a crecer. La abuela viéndola contenta, la dejaba salir sola a la calle con la certeza de que su nieta era incapaz de hacer algo que pusiera entredicho la decencia de los Luna.
Un 23 de septiembre, en vísperas de la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, el padre Filemón quiso cautivar a Meche Luna y le pagó a Jorge Covarrubias para que de su parte le fuera a dar una serenata. Jorge Covarrubias y el "caracol" Campos, como primera y segunda voz, se apostaron esa noche frente a la casa de Meche, los acompañaba a la guitarra el "negro" Olivares, en la trompeta "el güero" Pancho, al órgano Roberto Pecero y en las maracas Honorio.
La serenata fue todo un éxito, pues tocaron y cantaron tan bonito que doña Luz Niño Dios no tuvo corazón para echarles agua, la chaparra Socorro, que vivía al lado, se enamoró de Jorge y hasta Meche salió personalmente a darles las gracias, momento que aprovechó Covarrubias para decirle que la música era un regalo del padre Filemón.
Al poco tiempo de la serenata Meche ya no pudo ocultar que el vientre le crecía porque estaba embarazada y no porque tuviera buen apetito. El padre Filemón desde el púlpito quiso convencer al pueblo que era un milagro que una mujer hubiera podido concebir sin intervención de varón, pero nadie le creyó y doña Luz Niño Dios se dio a la tarea de buscar al culpable, pero por más amenazas y bofetadas que le propinó a su nieta, ésta no dijo ni media palabra.
Doña Luz metió a la cárcel a Jorge Covarrubias como presunto responsable de la deshonra familiar y por más que los otros músicos fueron a declarar que en la noche de la serenata no había pasado nada, el juez panista dijo que lo soltaba con la condición de que se casara con Meche. La boda por lo civil se celebró ese mismo día, la ceremonia religiosa se llevó a cabo en cuanto nació el niño y el padre Filemón también aprovechó para bautizarlo, siendo él mismo el padrino.
Meche y Jorge Covarrubias se fueron a vivir al estado de Hidalgo y nunca más regresaron al pueblo. Doña Carolina Chía y Socorro "la chaparra" decían que porque Filemón Tereso de Jesús, el niño de Meche, tenía la misma cara del sacerdote. Nadie creyó esa historia porque todos sabían que doña Carolina y Socorro le tenían envidia a Meche, una desde que había dejado de ser la favorita del padre Filemón en eso de las sobadas con aguardiente alcanforado, y la otra porque le arrebataron el amor de Covarrubias, además las dos se volvieron Testigos de Jehová y esos nada más inventan cosas para desprestigiar a nuestra santa madre iglesia católica.

Carlos Ortiz Segura
Tecolutla, Veracruz




CARLOS ORTIZ SEGURA MIS CUENTOS


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