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Hacía tres días que el huracán había
entrado al pueblo, y la gente desacostumbrada a este tipo de fenómenos
estaba atemorizada.
El mar y las lluvias torrenciales habían convertido a Tecolutla
en un náufrago a la deriva; el viento arrancaba techos
y palmeras, la torre de la iglesia se había quedado sin
campanas y Un rayo partió en dos a doña Carolina
que días antes había jurado que ni las inclemencias
del tiempo le harían faltar a la misa de seis. Los cocodrilos
se metían a la cocina de las casas de la colonia "Nueva
Venecia" y los mazacuates se asomaban por los excusados.
Todo estaba interrumpido: luz, agua potable, las cantinas y hasta
"El Triángulo de las Bramudas". Sólo Chalío,
el cartero, trabajaba con ahínco, pero siempre llegaba
tarde con las cartas. A pesar de su estoica actitud, Chalío
se tenía que abrazar a los postes para que el viento no
se lo llevara; era una pérdida de tiempo, porque el silbato
no se oía y aunque se escuchara nadie salía a recoger
la correspondencia.
El estrépito era enorme. Maletas, ropa, zapatos, caían
en los patios y en las calles, pero ni quien fuera por ellos.
La casa de madera de dos pisos de don Chebo navegaba sin rumbo
en el río y las escaleras de caracol del faro amanecieron
acostadas sobre el pavimento. Las láminas acanaladas salían
volando como tapas de olla express y por la calle Carlos Prieto
la corriente arrastraba perros y gatos muertos. Las tortugas del
estero dormían sobre las bancas de la plaza y las aves
marinas morían de tristeza. La peste cundió por
todo el pueblo; era una peste húmeda, densa, palpable,
con la que los niños se entretenían formando figuras.
La mayoría de la gente lo había perdido todo: casa,
ropa, dinero, comida. Los únicos tres perros que se salvaron
de morir ahogados fueron sacrificados para el banquete de una
quinceañera damnificada. El pueblo se refugió en
la iglesia, única construcción de piedra que parecía
resistiría los embates del viento. Hombres y mujeres estaban
tristes y asustados pero se prohibía llorar para no subir
el nivel las aguas. Los niños jugaban despreocupadamente
pero los más inquietos eran amarrados a un crucifijo de
tamaño natural para que no anduvieran corriendo. Pancho
"El Mudo" con señas le pedía a Dios que
la lluvia cesara, pero, o Dios estaba ciego o desconocía
el lenguaje de los sordomudos pues el huracán cobró
mas fuerza.. Tanto que las puertas y ventanas de la iglesia volaron
hechas pedazos.
En medio de tanta agua el pueblo se desesperaba. Doña Sabina
comentaba que el fenómeno meteorológico era un castigo
de Dios a Tecolutla porque Meche Luna se había casado con
un cura y su hermano Miguel con una monja y arengaba a la población
a sacrificarlos, pero mas tarde se descubrió que doña
Sabina estaba enojada porque Miguel le debía dos meses
de renta.
La tierra agonizaba de lluvia con olor a eternidad cuando un hombre
montado en un burro gritó:
- "Soy Juan Comején y este es mi burro Catalino, que
vuelva el buen tiempo y el huracán se vaya por donde vino".
Inmediatamente las lluvias cesaron, los vientos cambiaron de rumbo
y los charcos se secaron, dejando por todo el pueblo un reguero
de algas, conchas, ostiones y almejas; hasta Odorico sacó
un bagre del molino de nixtamal. Un sol tímido asomó
entre las nubes, la gente, admirada y agradecida, rodeó
a Juan Comején, que permaneció montado en el burro
Catalino. Las mujeres se arrodillaron ante el, los hombres le
besaban la mano y doña Argelia lo confundió con
San José'.
Nadie supo decir de dónde llegó ese hombre extraño,
cuya piel era tan blanca que claramente podía verse la
sangre correr por sus venas, por lo que el pueblo le apodó
"Fantasmagórico". En el bar "Veracruz"
y ya medio borracho, contaba que en una noche de tormenta un rayo
le había sacado un ojo pero a cambio le dejó el
don de hacer milagros. El mismo rayo ocasionó que una burra
albina de ojos azules pariera a su Catalino, burro briago y clarividente.
Desde el primer día de su llegada al pueblo, Juan Comején
se fue a vivir al Fraccionamiento Arcadia, donde con otates, pedazos
de cartón y pencas de palmera, levantó una choza
para él y un corral para Catalino. "Fantasmagórico",
sin perder tiempo, sobre un pedazo de madera escribió sus
virtudes para ofrecerlas al público:
J Comején.
Zalbador de almas
Bendemos todo tipo de milajros
Presios Varatos
Pero no fue únicamente el letrero el que lo hizo famoso.
Las fórmulas milagrosas de Juan Comején hicieron
crecer pelo en la cabeza de Huicho Peralta, que no se resignaba
a su calvicie severa; volvieron dadivoso a don Chebo, viejo avaro
y tacaño; hombre a Chuy, puto de corazón y tradición;
fiel a Rosa "la mapacha" y atractiva a Mariquita.
No existía persona en el pueblo que no visitase a Juan
Comején. La gente lo quería y respetaba. El "Güero"
Pancho vivía agradecido con él, porque después
de esperar infructuosamente un hijo durante diez años bastó
que su esposa acudiera a una cita médica con "Fantasmagórico"
para que saliera embarazada.
No había nada que Juan Comején no curara. Su fama
trascendió al pueblo y gente de lejanas comunidades llegó
a consultarlo. Un día, el amor tocó a su puerta.
Era Adela Cristo, hija de campesino y planchadora, lavandera de
oficio, enferma de nostalgia e hipo
Cuando Comején la vio supo que esa mujer le cambiaría
su vida. En tres sesiones se sintió atraído por
ella; Adela sólo sonreía y enseñaba sus dientes
picados por las caries cada vez que el hipo se lo permitía.
Juan Comején deseó curarla y hacerla su mujer. Trece
días la sometió a baños de agua tibia y a
limpias con hojas de aguacate oloroso, flor de muerto, ajo siete
dientes, tabaco, aguardiente y agua bendita. Cuando el hipo y
la nostalgia desaparecieron, "Fantasmagórico"
se casó con Adela Cristo.
Fue una boda que el pueblo no olvidaría, no sólo
por el cariño que la gente le prodigaba a Juan Comején
sino también por la particularidad de la misma y por los
incidentes que se dieron. Los padrinos fueron la bella Sofía
Ronquillo y el burro Catalino; aunque se le avisó con tiempo,
el cura llegó a la iglesia con dos días de retraso
porque la viuda de Russi lo retenía en su lecho; una vela
bendita estuvo a punto de provocar un incendio; la hostia le ocasionó
diarrea a todos los que comulgaron y un perro callejero que bebió
de la pila de agua bendita se curó de la sarna.
Juan Comején, Adela Cristo y el burro Catalino, tres años
después se fueron del pueblo en busca de fortuna en otras
tierras, como único recuerdo quedó un hijo de Catalino,
un burro pardo que monta Tacho y que heredó del padre el
gusto por el alcohol.
Carlos Ortiz Segura
Tecolutla, Veracruz
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