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Haciendo a un lado a un borracho moquiento y empedernido, Emilio
salió de "Salsipuedes", esa cantina de mala muerte
a la que concurría todos los días a trabajar y beber.
Con paso tambaleante atravesó el barrio de las putas, rodeó
un charco de agua lodosa y dobló por una callejuela llena
de baches y casas miserables. Un perro cojo salió de una
de las casuchas y le ladró con desgano, únicamente
para no dejar pasar la oportunidad de ladrarle a alguien.
Emilio era un hombre triste, sin que su tristeza le restara una
entrañable y sosegada conciencia de vivir. Cantinero de
oficio, había sido un esposo amoroso y cumplidor hasta
el momento en que cumplió cuarenta años. Ese día
su patrón le había permitido salir más temprano
del trabajo, pensando en cómo festejar su cumpleaños
se dirigió a su casa, pero cual no sería su sorpresa
al encontrar a su esposa con el vecino haciendo el amor sobre
la mesa del comedor, los cuerpos sudorosos encima de la bolsa
de galletas de animalitos y sobre los restos de un tamal oaxaqueño
a medio comer. El lugar olía a café de olla mezclado
con los olores propios de las emanaciones sexuales, pero Emilio
ni siquiera reparó en ello, con la cara desencajada de
rabia arremetió a golpes contra la infiel pareja y si no
es por la intervención de la policía el hecho hubiera
acabado en tragedia. Desde entonces Emilio no había dejado
de beber, quince días con sus noches tenía ya de
andar borracho. El beber mucho, comer poco y dormir menos había
dejado al otrora regordete cantinero en los puros huesos. Su presencia
asustaba a los niños, alborotaba a los zopilotes y atraía
a los teporochos. El alcohol y el dormir a la intemperie, bajo
el quemante sol del trópico, las lluvias torrenciales y
el viento marino, le habían oxidado las articulaciones
y recubierto la piel de un limo verdoso.
Ahora caminaba sin rumbo, tropezando continuamente con los pedruscos
de esas calles mal pavimentadas y llenas de cagadas de perro.
Al pasar por el viejo edificio de la cooperativa una alcantarilla
abierta lo hizo caer de bruces. En el piso, Emilio maldijo al
hijo de puta que había dejado la alcantarilla abierta y
sin ningún letrero de precaución. Se incorporó
lentamente, sacudiéndose el pantalón y enjugándose
el sudor en su vieja guayabera yucateca. Recordó que traía
una botella de "farolazo" y tanteó con preocupación
uno de sus bolsillos traseros, afortunadamente la botella había
sobrevivido a la caída y antes de que otra cosa pasara
Emilio bebió presuroso el contenido de la misma. Eufórico
reanudó su marcha y sin ganas de llegar a su casa pensó
bajar a la playa. La noche estaba preciosa, el cielo se engalanaba
con su manto de estrellas y un refrescante aire proveniente del
mar motivaba a dormir en la arena. En pocos minutos Emilio estuvo
ante el inmenso océano, quitándose los zapatos caminó
por la orilla dejando que el mar mojara sus pies. Miró
al cielo buscando indicios de lluvia pero una estrella fugaz estuvo
a punto de descalabrarlo.
Esa noche el tiempo parecía haberse detenido, no llovía
pero tampoco se sentía demasiado calor. El mar estaba tranquilo
y diáfano y la respiración de los peces se podía
escuchar claramente. Es la calma de agosto, propiciatoria de suicidios
y amores malsanos -pensó Emilio-.
Adolorido de los huesos y entre rechinidos de articulaciones,
Emilio se recostó sobre un médano. Quería
dormir pero por más que lo intentaba no podía conciliar
el sueño, los cangrejos le mordían los pies y alguna
ave nocturna le picoteaba la cabeza en busca de insectos. Aburrido,
comenzó a platicar en susurros con un cangrejo de ojos
grandes y mirada absorta, de repente un grito distrajo su atención.
El resplandor intermitente del viejo faro le dejó ver que
entre las palmeras dos personas estaban peleando. Sigilosamente
se acercó sin ser visto.
A pesar de que la noche no estaba muy obscura Emilio no pudo reconocer
a los contendientes. Tienen que ser turistas -pensó- porque
conozco a todos los habitantes del pueblo y a ese par de jóvenes
no los había visto nunca. Ambos contendientes se parecían
a los santos de la iglesia, sus caras tenían algo de angelical
y bobalicón pero el lenguaje de los dos era raro y soez.
- Maldito seas Bartolomé Apóstol. Bellaco inmundo
nunca más estaré bajo el yugo de tus cadenas; cientos
de años me has sojuzgado en nombre de la moral y las buenas
costumbres. Tú como tu Dios castigan lo que desconocen
y lo que es peor, no se atreven a hacer.
- Calla, hijo de rameras, diablo abominable. No sabes lo que dices.
La moral, al igual que las buenas costumbres y la justicia, han
conducido a la humanidad por el buen camino.
- Hombre estúpido y santurrón, ¿por el buen
camino? Los pueblos se matan en nombre de Dios, los curas bendicen
armas de destrucción masiva y no pocos hombres y mujeres
han muerto por no seguir con la tradición, por atreverse
a pensar y actuar distinto. Me hablas de justicia cuando tu iglesia
persiguió y asesinó a los que no creían en
tu Dios. Maldito moralino, tu hora final ha llegado, estas vencido
y contigo la hipócrita moral.
- No estés muy convencido bellaco despreciable. Tengo por
armas la justicia y el poder de Dios en gran gloria. Ha llegado
el día en que la ira de Dios se derrame sobre ti.
Emilio estaba asustado y sorprendido, un líquido viscoso
mojaba sus pantalones y el sudor brotaba de todo su cuerpo. Quiso
correr pero las piernas no le respondieron. No podía creer
que a sólo unos pasos de él San Bartolomé
Apóstol y el diablo estuvieran riñendo como cualquier
bravucón de cantina.
El ruido de los golpes lo sacó de sus cavilaciones. El
diablo pateaba a San Bartolomé y en dos ocasiones estuvo
a punto de sacarle un ojo con su pata de cabra. San Bartolomé
sangraba por nariz y boca y cada vez que intentaba incorporarse
el diablo lo recibía con una andanada de golpes. Daba tanta
lástima que los cangrejos comenzaron a llorar grandes goterones
salados y las aves de rapiña rondaban cerca.
Emilio no era hombre de broncas, cuando lo de su mujer perdió
los estribos porque nunca pensó hallarla como la halló
pero de eso a andarse peleando por cualquier pendejada nunca lo
hacía. Tampoco era católico pero había que
tener atole en las venas para no enojarse con la tremenda golpiza
que el diablo le estaba propinando a San Bartolomé.
- Ya déjalo, coño -dijo Emilio con determinación.
El diablo volteó sorprendido, mirando con odio a quien
intentaba privarlo del placer de acabar con su acérrimo
enemigo.
- Maldito borracho, ¿a ti quien te metió en esto?
- Nadie, pero por Dios ya deja de golpear a este pobre hombre,
mira como lo tienes.
Por toda respuesta Emilio recibió un golpe que lo derribó
y le tumbo dos dientes.
- Fuera de aquí borracho inmundo, lárgate a chingar
tu madre -le gritó furioso el diablo.
Con la boca sangrante y el orgullo herido Emilio se puso de pie
y de entre sus ropas sacó un puñal abalanzándose
sobre el diablo. Cuando recobró la calma tenía su
vieja guayabera manchada de sangre y al diablo postrado a sus
pies con el cuchillo clavado dos centímetros abajo de la
tetilla izquierda. A un lado, quejándose de los golpes
y con los ojos hinchados, San Bartolomé Apóstol
se incorporaba lentamente.
- Gracias, hijo mío, por salvarme de este malvado. Matar
es un pecado pero en este caso Dios guió tu mano -dijo
San Bartolomé mirando con gratitud a Emilio.
Emilio por toda respuesta extrajo el puñal del cuerpo del
diablo, lo limpió en su pantalón y se lo entregó
a San Bartolomé; después, se alejó lentamente
del lugar. San Bartolomé Apóstol sacó una
cadena de entre su túnica y la enrollo en el cuello del
diablo.
Al día siguiente, por la mañana, unos pescadores
encontraron en la playa una imagen masculina de tamaño
natural. La figura vestía una túnica azul, en su
mano izquierda sostenía un puñal, en la diestra
la biblia y una cadena en la que yacía prisionero un derrotado
y humillado diablo. A la misma hora, en otra parte de la playa,
un hombre triste al que le faltaban dos dientes moría de
congestión alcohólica.
Carlos Ortiz Segura
Tecolutla, Veracruz
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