Nací un 9 de diciembre de 1967, cuando un norte de esos
que pegan en el Golfo de México azotaba las costas de Tecolutla,
mi pequeño pueblo en el estado de Veracruz. De niño
siempre quise ser capitán de barco con humo, como mi abuelo
paterno, traer perico verde en el hombre para chicotear a los de
la cooperativa que no quieren trabajar. Me quedé en cuentero
y atarrayero de pescados porque no tuve centavos para ir a estudiar
a la Naval de Veracruz, donde enseñan a marchar con cachucha
y facetean con espadines chigüileros. Pero creo que el uniforme
me hubiera quedado guango y descaderado.
Cuando chiquillo, por eso me fui a los medanos a cortar malines
con que armar papalotes, a la plaza a escuchar a los viejos contar
sus historias. Me escondía en los rincones y abría
los oídos a las pláticas de las mujeres. La gente,
con sus vivencias cotidianas, me regaló las historias de
mis cuentos.
Desde la primaria sentí la necesidad de escribir, y me puse
a contar lo del pueblo para regocijo de quienes no tuvieron la oportunidad
de vivir en ese lugar y en ese tiempo, para no cargar la nostalgia
a mis espaldas cuando en 1986 me marché a Xalapa a estudiar
la licenciatura en antropología. Desde entonces viajo esporádicamente
a mi pueblo, pero mis cuentos mantienen vivo el cordón umbilical.
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