Le digo, compadre, que el pastor dijo el sábado 2 de octubre
que ayunáramos y rezáramos mucho por la salvación
de nuestra alma porque en los siguientes días el cielo se
abriría y arrojaría sus aguas para limpiar de pecado
al pueblo; al día siguiente, en la clínica de salud
nació una bebe horrible y el doctor le comentó a la
enfermera que la niña estaba más fea que "La
Genarota" y dicen que la bebe se ofendió y dijo que
más feo iban a estar los días por venir. Me cae de
madres que no te estoy mintiendo, compadre, ya viste como quedó
Tecolutla, parece que hubiera habido una guerra de Saquis contra
Ragazzos. El lunes, el pastor anduvo avisando de casa en casa que
el fin del mundo estaba cerca y a mí me dio tanto coraje
que lo corrí a pedradas. Ya ves que gasto hice en agosto
comprando cirios pascuales y estampitas de San Bartolomé
Apóstol y nada que se acabó el mundo, lo único
que conseguí fue que me dejara de hablar Rosa Mapacha. Ni
el padre Filemón quiere interceder por mí, cuando
él tuvo la culpa de que esa noche no fuera a la cita con
Rosa. Después me arrepentí de haber apedreado al pastor,
pobrecito, corría asustado gritando que Dios me castigaría;
pero es que me dio mucho coraje, compadre, de que otra vez quisieran
verme la cara de pendejo, ¿además cómo iba
a saber que era cierto lo que decía?, si tiene peor fama
que todos los de la presidencia municipal juntos. Tu crees, compadre,
que le iba a creer que Dios en sueños se había comunicado
con él para decirle lo de las lluvias cuando antes lo único
que soñaba era que Jehová le ordenaba que se acostara
con las hijas, hermanas y esposas de los hombres de su rebaño.
Pero ahora si era cierto, compadre. Si era cierto lo que decía
el pastor. Arrepentido estoy de no haberle creído, porque
si le hubiera hecho caso no estaría aquí lamentándome
con usted, me hubiera ido para Veracruz o por lo menos habría
tenido tiempo de sacar mis cosas de valor, no que cuando quise hacerlo
ya el agua me llegaba a la cintura y apenas pude salvar a mi mujer
y a mis hijos. Cuando regrese a ver que podía rescatar ya
ni siquiera estaba mi casa, todo se lo había llevado el agua:
la ropa, los muebles, el dinero, la lancha grande, los avíos
de pesca, todo, absolutamente todo. Bueno, menos a mi suegra. A
la muy jija la fueron a rescatar de arriba de una palmera. Dos días
se pasó la vieja agarrada con las veinte uñas al tronco
de la palma, cuando del helicóptero bajaron los rescatistas
ya los ojos se le habían ido para atrás, como cuando
hace el amor con su marido de treinta años, el último
que se consiguió.
Nadie esperaba esto, compadre, ni siquiera los del Servicio Meteorológico
Nacional, que tenían días anunciando lluvia pero no
tan fuertes como las que se vinieron. Le gente dice que lo que perjudicó
a la región no fue la lluvia sino la presa de Necaxa, que
la abrieron sin avisar. Ya cuando venimos a ver el río traía
un corriental que arrasaba con todo a su paso. Si tumbó cerros,
¿qué le iba a durar una casa?, por más cemento
que tuviera.
El agua se metió al pueblo, compadre, con más fuerza
que los casiteños a la presidencia municipal y no se quería
salir. Por las calles nadaban asustados los cocodrilos y las mazacuates
nomás sacaban su lengüita sin comprender que hacían
en la plaza entre semana. Canijo río, traía más
enojo que Salvador Ramírez con los tecolutleños. Ni
siquiera le importó inundar ciénegas y abrir zanjas
tan hondas que parecían obras de fin de sexenio. Mi compadre
Agapito que se subió a un helicóptero dice que desde
arriba el pueblo parecía las Islas Marías, y no por
tanta rata, sino porque el agua lo rodeaba por todos lados y las
calles estaban convertidas en canales como dicen que existen en
Venecia. Sólo las partes altas sobresalían del agua
y ahí fue donde se refugió la gente, y me cae que
no exagero, compadre, aquí está "El Jaguar"
que no me dejará mentir. A él y a su vieja la corriente
del río los sacó de su casa y los aventó hasta
el mar y si no hubiera sido porque traían puestos chalecos
salvavidas ahorita los estaríamos cafeteando. Feo que estuvo
esto, compadre, me cae que pensábamos que nos iba a llevar
la chingada. Las casas de las partes bajas tronaban como chinampinas
y algunas se desplomaban con tal estruendo que parecía junta
de cabildo. Pero Dios es grande, compadre, y nunca nos desamparó,
porque a pesar de que se abrieron más de diez zanjas y el
agua corría como "Los Simones" cuando los persigue
la policía, no hubo muertos que lamentar. Donde sí
hubo fue en las comunidades río arriba, allá se desgajaron
cerros y se formaron ríos de lodo que a su paso fueron cubriendo
casas, cultivos, gente. Muchas personas se refugiaron en los árboles
y en las azoteas de sus casas pero hasta ahí llegó
el agua y no les perdonó la vida. Hasta acá venían
a recalar los muertos y eso cuando no los sepultaba el lodo. Cuántos
muertos habría, compadre, que durante la noche del martes
y la madrugada del miércoles las casitas de madera pasaban
flotando con la gente adentro o sobre sus techos, y en la obscuridad
nada más se oía el llanto desgarrador de mujeres y
niños y los gritos de los hombres pidiendo auxilio. Pero
cómo arrebatárselos al río, cómo evitar
que llegaran hasta el mar. Sólo Dios sabe a donde fueron
a dar todas esas personas. Quizá el mar se los tragó.
Si no, ¿por qué hay tantos desaparecidos?.
Para colmo de males, durante todos esos días en ninguna parte
del pueblo vendieron alimentos y los que había en algunas
casas pronto se agotaron. Fue cuando comenzamos a matar a las vacas
que apendejadas deambulaban por las calles. Pobrecitas, se salvaron
de morir ahogadas pero vinieron hasta nosotros en un mal momento,
después de dos o tres días de no comer cualquiera
era matancero, y por un poco de comida nos valía ser acusados
de cuatreros.
En las comunidades vecinas, compadre, nos daban por desaparecidos
y si hubiera seguido lloviendo igual, me cae que se les cumple su
deseo a los hijos de la chingada, afortunadamente paró de
llover. Fue cuando llegó el ejército y la tropa se
puso a recorrer las calles con desplante de superhéroe, regañando
a todo el mundo como si tuviéramos la culpa de ser damnificados.
Quisieron apantallarnos con su Plan DN III, pero para entonces estabamos
organizados. Los hombres habíamos abierto una brecha que
nos comunicó con Gutiérrez Zamora mientras las mujeres
limpiaron las calles y sus casas, otros más organizaron albergues
y centros de acopio. Mientras las autoridades municipales seguían
asustadas por el siniestro sin saber que hacer, el pueblo organizado
comenzó a recibir la ayuda que solidariamente la sociedad
civil envió por cuanto medio de transporte estuvo a su alcance.
Por unos días olvidamos las diferencias políticas
y de clase, pero nomás fueron unos días, porque pasado
el momento crítico la mierda salió a flote. Las ratas
de siempre aprovecharon la desgracia para saquear algunas casas
solas. El ayuntamiento municipal acaparó la ayuda y la uso
con fines partidistas; otras personas se pararon el cuello diciendo
que sus hijos estaban comprando los víveres, y no nos quedo
más remedio que desmentirlos y quitarles el centro de acopio.
Entre los damnificados, compadre, también hubo actos reprobables.
Algunos acumularon víveres, cobijas, colchonetas y ropa como
para poner un almacén, cuando otros no tenían ni que
ponerse.
El desastre natural, compadre, dejó en evidencia la corrupción
y la ineptitud de las autoridades, la falta de planificación
y coordinación entre las instancias del gobierno, el clientelismo
político, la rapiña y el gandallismo, pero también
mostró que la gente, en cualquier situación, sigue
siendo solidaria, y eso es lo que cuenta.
Salud, compadre, porque esto no vuelva a suceder.
Una ronda de agua de coco para todos, que la casa invita, para que
no digan que Tecolutla no está de pie..
.Carlos Ortiz Segura
Tecolutla, Veracruz. |
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