Todo comenzó esa mañana en el desayuno, cuando comenté
que la noche anterior había visto el alma del pequeño
Héctor revoloteando alrededor de la cuna mientras éste
dormía plácidamente. Enfaticé que no fue un
sueño ni alucinación alguna.
Durante la noche, ya más bien en horas de la madrugada, algo
me había sacado de un profundo sueño, el maullido
de un gato o quizá el silencio de la noche, que de tan callada
era sospechosa. Me enderecé lentamente, amodorrado, sacando
medio cuerpo de las cobijas. Atraído por una fuerza extraña
volteé hacia la derecha y entonces fue cuando la vi, pequeña,
diáfana, con cierta luminosidad, como una mariposa ante un
farol. Se mecía en el aire, como hoja seca en el otoño,
disfrutando su incorporeidad. No hizo caso de mí, que la
miraba mudo de asombro, y siguió revoloteando despreocupadamente.
Unos segundos más tarde volvió al cuerpo del bebé.
Mi esposa dormía a mi lado y apenas había desaparecido
ese algo etéreo cuando comenzó a roncar. Quise despertarla
pero sólo iba a conseguir asustarla con mi historia, además
no me iba a creer, la dejé dormir. Sigilosamente me puse
de pie y caminé hasta la cuna, Héctor estaba bien,
quizá un poco orinado y con la cara embarrada de leche, pero
eso era normal.
Entre mis suegros el relato causó una preocupación
que yo no me esperaba, tal vez no debí contarles nada. En
mi pueblo es común ver por las noches chaneques, naguales,
lloronas con cara de caballo, animas en pena; pero sobre todo, almas.
No almas de gente muerta, sino las almas de los vivos. Almas que
salen a pasear mientras sus dueños duermen, almas con bolsa
de mandado, almas bullangueras, almas que platican, juegan y ríen.
Cuando uno se topa con ellas hasta las buenas noches te dan. Todo
esto es tan normal que cuando conté lo que había visto
la noche anterior lo dije como quien comenta una noticia del periódico,
pero mis suegros no lo tomaron de la misma manera. Don Juan me miró
escépticamente, pero doña Lupe de la impresión
casi se atraganta el bolillo que estaba masticando. Dijo que eso
era una señal del cielo para que lleváramos a bautizar
al bebé, pero sobre todo para que nos casáramos por
las leyes de Dios, porque seguir arrejuntados era estar en pecado
mortal. Lupita, mi esposa, que cada quince días movía
de lugar los muebles con el afán de que la casa se viera
más grande de lo que en realidad era, para tranquilizar a
su mamá mencionó que en días pasados habíamos
visitado una docena de iglesias pero eran tantas las parejas que
deseaban casarse que había lugar hasta dentro de cinco años.
La boda por lo civil era una opción, pero la familia también
quería vernos salir de la iglesia como lo marcaba la tradición.
Un primo político burócrata de la Central de Abastos
ya tenía apartado seis costales de arroz para cuando se presentara
el esperado día, y no era un arroz cualquiera sino importado
de China, del que compraba Lila en Liverpool.
Lo cierto es que durante la mañana el ambiente se sentía
tenso. Agustina, la sirvienta jarocha, cuyo nacimiento en la región
de Catemaco la hacía sensible a los hechos raros, comentó
que al limpiar los cristales de la ventana había visto pasar
un gato negro que le cerró el ojo. Todos nos reímos
de su ocurrencia pero cuando la vimos confundir el tocino con pellejos
de carne de res y al camote echarle sal, limón y chile pensando
en que era jícama, caímos en la certeza de que estaban
sucediendo cosas más allá de nuestro entendimiento.
Agustina era medio atarantada en la cocina, pero cómo explicar
que doña Lupe se había quedado con hambre después
de haber desayunado un bote de yoghurt, un racimo de plátanos,
media docena de huevos revueltos, tres bolillos con miel, un litro
de leche, un plato de frijoles con su rebanada de queso, jugo de
toronja y una jarra de té, cuando generalmente su apetito,
salvo al mediodía, era muy limitado. Por si fuera poco, el
pequeño Héctor lloraba berrinchudamente por cualquier
motivo y ni sus juguetes ni las canciones de Pérez Prado
lo consolaban.
Sin esperar más tiempo doña Lupe llamó a Mima
Santos, amplia conocedora de cuestiones religiosas y experta en
apariciones citadinas de Vírgenes de Guadalupe, Querubines,
Serafines y demás corte celestial, pero en cuanto a almas
era incompetente, por lo que sin tardanza solicitó la ayuda
de Pera Tulipanes.
Pera Tulipanes era una vieja matrona que había asistido a
todas las parturientas del barrio, conocía de todas las virtudes
y no ignoraba ningún pecado. No poca gente después
de la Cristiada solicitó su beatificación, pero ella
por modestia declinó tan merecido honor. Desde entonces estaba
dedicada a señalarle a la gente la senda del camino correcto
y a preservar las buenas costumbres. Estas actividades la mantenían
alejada de la vida social y muy cerca de Dios, por lo que no fue
raro que los vecinos en cuanto se enteraron de que auxiliaría
al niño de Lupita abarrotara las calles por donde iba a pasar
con el deseo de tocarla o siquiera verla en toda su magnificencia.
Así de querida era Pera Tulipanes.
Al mediodía, las porras de la gente y el bullicio que se
metía por debajo de las puertas indicaban que Pera Tulipanes
venía en camino. Desde sus azoteas, entre tendederos de ropa
desgastada, tinacos de agua y gatos indiferentes, mujeres, hombres
y niños miraban tan singular procesión. Adelante venía
Yiya, hija y brazo derecho de doña Pera, cargando el estandarte
del barrio de San Lucas, atrás de ella la banda "Tlayacapan"
que interpretaba "Dios Nunca Muere" y en medio de hippies
bañados, huicholes con sus mejores galas y gorrones en busca
del mole iba doña Pera Tulipanes, flanqueada a cada lado
por media docena de policías en bicicleta.
Momentos antes de que llegara doña Pera, Lupita había
reacomodado los muebles pero aun así la casa fue insuficiente
para albergar a toda la gente, sin embargo se abrieron las ventanas
y se retiraron las cortinas para que todos pudieran ser testigos
del poder curativo de Pera Tulipanes, quien tenía rato aposentada
en el principal sillón de la sala observando a Héctor
con ojos de brujo asiático.
Pera Tulipanes no preguntó nada, de su lujoso bolso de piel
de caimán que su yerno le había traído de Puerto
Rico extrajo un ramillete de ruda comprada en el mercado de Sonora
y empezó a rezar al mismo tiempo que restregaba la hierba
en el cuerpo de Héctor, pero el niño, diestro en el
consumo de hojas silvestres, no tardo en comerse la ruda. Pera Tulipanes
desechó que el niño hubiera perdido su alma, pero
había que encontrar su mal.
A lo largo de la tarde, Pera Tulipanes hizo uso de todo tipo de
oraciones conocidas y hasta de las no inventadas; le dieron al niño
tés y limpias con cuanta planta esotérica, medicinal
y comestible encontraron, pero Héctor seguía molesto.
Se pensó que estuviera chipil pero su mamá llevaba
dos días menstruando. A las ocho de la noche Pera Tulipanes
estaba a punto de darse por vencida cuando salió a relucir
su experiencia de madre. Desde la mañana toda la familia
había estado inquieta con la historia del revoloteo del alma
que nadie reparó en que hacía un día que no
le cambiaban pañales al niño ni le daban de comer,
por eso lloraba. Pera Tulipanes, con catorce hijos, treinta y dos
nietos y cuarenta y seis biznietos, con gran experiencia en estos
menesteres, cambió rápidamente el pañal y se
sacó un pecho, que a sus noventa y cinco años todavía
seguía produciendo leche, que le metió en la boca
a Héctor.
La gente tomó esto como un milagro de Pera Tulipanes y organizó
una procesión con la vieja matrona en andas. Al poco rato,
la vecindad parecía plaza de pueblo en fiesta patronal. Como
por arte de magia se instalaron juegos mecánicos, puestos
de antojitos, ruletas, tiros al blanco y hasta un pequeño
circo cuya principal atracción eran un par de japonesas adivinas
y albureras.
Desde su cuna, Héctor lo miraba todo con ojos de asombro,
su cara irradiaba felicidad. Con pañales limpios y la barriga
llena qué le importaba el mundo.
Carlos Ortiz Segura
Coyoacán, México
|