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"LOS PROBLEMAS DEL ALMA"
Para Adriana y el "Torito"
con todo mi cariño

Todo comenzó esa mañana en el desayuno, cuando comenté que la noche anterior había visto el alma del pequeño Héctor revoloteando alrededor de la cuna mientras éste dormía plácidamente. Enfaticé que no fue un sueño ni alucinación alguna.

Durante la noche, ya más bien en horas de la madrugada, algo me había sacado de un profundo sueño, el maullido de un gato o quizá el silencio de la noche, que de tan callada era sospechosa. Me enderecé lentamente, amodorrado, sacando medio cuerpo de las cobijas. Atraído por una fuerza extraña volteé hacia la derecha y entonces fue cuando la vi, pequeña, diáfana, con cierta luminosidad, como una mariposa ante un farol. Se mecía en el aire, como hoja seca en el otoño, disfrutando su incorporeidad. No hizo caso de mí, que la miraba mudo de asombro, y siguió revoloteando despreocupadamente. Unos segundos más tarde volvió al cuerpo del bebé. Mi esposa dormía a mi lado y apenas había desaparecido ese algo etéreo cuando comenzó a roncar. Quise despertarla pero sólo iba a conseguir asustarla con mi historia, además no me iba a creer, la dejé dormir. Sigilosamente me puse de pie y caminé hasta la cuna, Héctor estaba bien, quizá un poco orinado y con la cara embarrada de leche, pero eso era normal.

Entre mis suegros el relato causó una preocupación que yo no me esperaba, tal vez no debí contarles nada. En mi pueblo es común ver por las noches chaneques, naguales, lloronas con cara de caballo, animas en pena; pero sobre todo, almas. No almas de gente muerta, sino las almas de los vivos. Almas que salen a pasear mientras sus dueños duermen, almas con bolsa de mandado, almas bullangueras, almas que platican, juegan y ríen. Cuando uno se topa con ellas hasta las buenas noches te dan. Todo esto es tan normal que cuando conté lo que había visto la noche anterior lo dije como quien comenta una noticia del periódico, pero mis suegros no lo tomaron de la misma manera. Don Juan me miró escépticamente, pero doña Lupe de la impresión casi se atraganta el bolillo que estaba masticando. Dijo que eso era una señal del cielo para que lleváramos a bautizar al bebé, pero sobre todo para que nos casáramos por las leyes de Dios, porque seguir arrejuntados era estar en pecado mortal. Lupita, mi esposa, que cada quince días movía de lugar los muebles con el afán de que la casa se viera más grande de lo que en realidad era, para tranquilizar a su mamá mencionó que en días pasados habíamos visitado una docena de iglesias pero eran tantas las parejas que deseaban casarse que había lugar hasta dentro de cinco años. La boda por lo civil era una opción, pero la familia también quería vernos salir de la iglesia como lo marcaba la tradición. Un primo político burócrata de la Central de Abastos ya tenía apartado seis costales de arroz para cuando se presentara el esperado día, y no era un arroz cualquiera sino importado de China, del que compraba Lila en Liverpool.

Lo cierto es que durante la mañana el ambiente se sentía tenso. Agustina, la sirvienta jarocha, cuyo nacimiento en la región de Catemaco la hacía sensible a los hechos raros, comentó que al limpiar los cristales de la ventana había visto pasar un gato negro que le cerró el ojo. Todos nos reímos de su ocurrencia pero cuando la vimos confundir el tocino con pellejos de carne de res y al camote echarle sal, limón y chile pensando en que era jícama, caímos en la certeza de que estaban sucediendo cosas más allá de nuestro entendimiento. Agustina era medio atarantada en la cocina, pero cómo explicar que doña Lupe se había quedado con hambre después de haber desayunado un bote de yoghurt, un racimo de plátanos, media docena de huevos revueltos, tres bolillos con miel, un litro de leche, un plato de frijoles con su rebanada de queso, jugo de toronja y una jarra de té, cuando generalmente su apetito, salvo al mediodía, era muy limitado. Por si fuera poco, el pequeño Héctor lloraba berrinchudamente por cualquier motivo y ni sus juguetes ni las canciones de Pérez Prado lo consolaban.

Sin esperar más tiempo doña Lupe llamó a Mima Santos, amplia conocedora de cuestiones religiosas y experta en apariciones citadinas de Vírgenes de Guadalupe, Querubines, Serafines y demás corte celestial, pero en cuanto a almas era incompetente, por lo que sin tardanza solicitó la ayuda de Pera Tulipanes.

Pera Tulipanes era una vieja matrona que había asistido a todas las parturientas del barrio, conocía de todas las virtudes y no ignoraba ningún pecado. No poca gente después de la Cristiada solicitó su beatificación, pero ella por modestia declinó tan merecido honor. Desde entonces estaba dedicada a señalarle a la gente la senda del camino correcto y a preservar las buenas costumbres. Estas actividades la mantenían alejada de la vida social y muy cerca de Dios, por lo que no fue raro que los vecinos en cuanto se enteraron de que auxiliaría al niño de Lupita abarrotara las calles por donde iba a pasar con el deseo de tocarla o siquiera verla en toda su magnificencia. Así de querida era Pera Tulipanes.
Al mediodía, las porras de la gente y el bullicio que se metía por debajo de las puertas indicaban que Pera Tulipanes venía en camino. Desde sus azoteas, entre tendederos de ropa desgastada, tinacos de agua y gatos indiferentes, mujeres, hombres y niños miraban tan singular procesión. Adelante venía Yiya, hija y brazo derecho de doña Pera, cargando el estandarte del barrio de San Lucas, atrás de ella la banda "Tlayacapan" que interpretaba "Dios Nunca Muere" y en medio de hippies bañados, huicholes con sus mejores galas y gorrones en busca del mole iba doña Pera Tulipanes, flanqueada a cada lado por media docena de policías en bicicleta.

Momentos antes de que llegara doña Pera, Lupita había reacomodado los muebles pero aun así la casa fue insuficiente para albergar a toda la gente, sin embargo se abrieron las ventanas y se retiraron las cortinas para que todos pudieran ser testigos del poder curativo de Pera Tulipanes, quien tenía rato aposentada en el principal sillón de la sala observando a Héctor con ojos de brujo asiático.

Pera Tulipanes no preguntó nada, de su lujoso bolso de piel de caimán que su yerno le había traído de Puerto Rico extrajo un ramillete de ruda comprada en el mercado de Sonora y empezó a rezar al mismo tiempo que restregaba la hierba en el cuerpo de Héctor, pero el niño, diestro en el consumo de hojas silvestres, no tardo en comerse la ruda. Pera Tulipanes desechó que el niño hubiera perdido su alma, pero había que encontrar su mal.

A lo largo de la tarde, Pera Tulipanes hizo uso de todo tipo de oraciones conocidas y hasta de las no inventadas; le dieron al niño tés y limpias con cuanta planta esotérica, medicinal y comestible encontraron, pero Héctor seguía molesto. Se pensó que estuviera chipil pero su mamá llevaba dos días menstruando. A las ocho de la noche Pera Tulipanes estaba a punto de darse por vencida cuando salió a relucir su experiencia de madre. Desde la mañana toda la familia había estado inquieta con la historia del revoloteo del alma que nadie reparó en que hacía un día que no le cambiaban pañales al niño ni le daban de comer, por eso lloraba. Pera Tulipanes, con catorce hijos, treinta y dos nietos y cuarenta y seis biznietos, con gran experiencia en estos menesteres, cambió rápidamente el pañal y se sacó un pecho, que a sus noventa y cinco años todavía seguía produciendo leche, que le metió en la boca a Héctor.

La gente tomó esto como un milagro de Pera Tulipanes y organizó una procesión con la vieja matrona en andas. Al poco rato, la vecindad parecía plaza de pueblo en fiesta patronal. Como por arte de magia se instalaron juegos mecánicos, puestos de antojitos, ruletas, tiros al blanco y hasta un pequeño circo cuya principal atracción eran un par de japonesas adivinas y albureras.

Desde su cuna, Héctor lo miraba todo con ojos de asombro, su cara irradiaba felicidad. Con pañales limpios y la barriga llena qué le importaba el mundo.

Carlos Ortiz Segura
Coyoacán, México


CARLOS ORTIZ SEGURA, MIS CUENTOS
LE DIGO, COMPADRE
PUERTO MADERO
EL FIN DEL MUNDO

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